Nuestra casa
En esta hora silenciamos los hombres y los méritos, singulares de quienes fueron maestros y discípulos agregios de esta casa histórica, porque unos y otros hicieron perdurable la lección de humanidad que ansiamos repetir sin ajarla. Juntos se inclinaron sobre el surco cuando se borraba allá arriba el fulgor de las estrellas y juntos recogen esta tarde las rosas tocadas por su luz profunda y consoladora.
Es nuestro corazón el que les dice su gratitud en esta hora de tantas y tantas reminiscencias. La dice a los maestros y a las cosas que signaron el destino de su inestimable dación.

La dice a la casa secular, que aún está en pie, con heridas que sangran por su costado abierto.

La dice a los árboles históricos embriagados de trinos, y a las flores del viejo jardín, frascas aún bajo la losa que recubrió la tierra donde se abrieron.

La dice al gran patio, en cuya arena se hundieron de niña nuestros pies y sobre la cual rodaba y volaba alucinada la pelota de los juegos, simulacro del mundo que alguna vez fue alzado con jactancia en nuestras manos inocentes.

La dice a las aulas desnudas, a los corredores…

… y las ventanas clausúrales…

… y a los libros lúcidos en la quieta penumbra de la biblioteca.
La dice al bronce que marcó las horas del gozo matinal y dobló su tañido en ocasiones aciagas.

La dice al mármol de las estatuas, en cuyos ojos se quedó u poco del ardor de los nuestros, al hierro de las verjas…

La dice al mármol de las estatuas, en cuyos ojos se quedó un poco del ardor de los nuestros; al hierro de las verjas…
…al digno portal…

… y a la escalera blanca por donde –como el sueño de Jacob- siguen bajando y subiendo los ángeles.

La dice, al fin, al banco fiel, al pizarrón sin memoria de nuestros yerros; al hule fresco o desteñido de los mapas y hasta al molde de yeso que nos daba en la humildad de su contorno la enseñanza de una realidad de ficción, tan bella y tan deleznable como la sustancia de que están hechas nuestras vidas.

Y aún falta mencionar la incalculable suma de lo que sin pretenderlo se quedó en nuestras almas, donde las cosas adquieren eco y relieve inextinguible: la entonación de una garganta querida; la gracia de un decir inconfundible; el eco errabundo de una canción con la cual se nos fue lejos también algo de nuestra existencia; el brote de la amistad que fue creciendo a la par de nuestro propio destino; la emoción del premio logrado; el sueño de la vocación que se nos hizo secreto pulso del alma; el prestigio bien ganado de aquellas celadoras que lo reglaban todo, hasta nuestra alegría; el trato siempre amable de los modestos servidores, la asistencia de unas manos que impidieron el desfallecimiento de la voluntad propia o ajena; la piedad del libro disipador de tempranas melancolías; y el temblor, y la duda, y la ansiedad y la tristeza inacabable de aquel adiós llorando sobre el vacío de una presencia bienamada.
(Selección del discurso pronunciado por la Srta. Adolfina R. Risolia durante el Acto Académico realizado en el Teatro Nacional Cervantes el 30 de julio de 1974)
En esta hora silenciamos los hombres y los méritos, singulares de quienes fueron maestros y discípulos agregios de esta casa histórica, porque unos y otros hicieron perdurable la lección de humanidad que ansiamos repetir sin ajarla. Juntos se inclinaron sobre el surco cuando se borraba allá arriba el fulgor de las estrellas y juntos recogen esta tarde las rosas tocadas por su luz profunda y consoladora.
Es nuestro corazón el que les dice su gratitud en esta hora de tantas y tantas reminiscencias. La dice a los maestros y a las cosas que signaron el destino de su inestimable dación.
La dice a la casa secular, que aún está en pie, con heridas que sangran por su costado abierto.
La dice a los árboles históricos embriagados de trinos, y a las flores del viejo jardín, frascas aún bajo la losa que recubrió la tierra donde se abrieron.
La dice al gran patio, en cuya arena se hundieron de niña nuestros pies y sobre la cual rodaba y volaba alucinada la pelota de los juegos, simulacro del mundo que alguna vez fue alzado con jactancia en nuestras manos inocentes.
La dice a las aulas desnudas, a los corredores…
… y las ventanas clausúrales…
… y a los libros lúcidos en la quieta penumbra de la biblioteca.
La dice al bronce que marcó las horas del gozo matinal y dobló su tañido en ocasiones aciagas.
La dice al mármol de las estatuas, en cuyos ojos se quedó u poco del ardor de los nuestros, al hierro de las verjas…
La dice al mármol de las estatuas, en cuyos ojos se quedó un poco del ardor de los nuestros; al hierro de las verjas…
…al digno portal…
… y a la escalera blanca por donde –como el sueño de Jacob- siguen bajando y subiendo los ángeles.
La dice, al fin, al banco fiel, al pizarrón sin memoria de nuestros yerros; al hule fresco o desteñido de los mapas y hasta al molde de yeso que nos daba en la humildad de su contorno la enseñanza de una realidad de ficción, tan bella y tan deleznable como la sustancia de que están hechas nuestras vidas.
Y aún falta mencionar la incalculable suma de lo que sin pretenderlo se quedó en nuestras almas, donde las cosas adquieren eco y relieve inextinguible: la entonación de una garganta querida; la gracia de un decir inconfundible; el eco errabundo de una canción con la cual se nos fue lejos también algo de nuestra existencia; el brote de la amistad que fue creciendo a la par de nuestro propio destino; la emoción del premio logrado; el sueño de la vocación que se nos hizo secreto pulso del alma; el prestigio bien ganado de aquellas celadoras que lo reglaban todo, hasta nuestra alegría; el trato siempre amable de los modestos servidores, la asistencia de unas manos que impidieron el desfallecimiento de la voluntad propia o ajena; la piedad del libro disipador de tempranas melancolías; y el temblor, y la duda, y la ansiedad y la tristeza inacabable de aquel adiós llorando sobre el vacío de una presencia bienamada.
(Selección del discurso pronunciado por la Srta. Adolfina R. Risolia durante el Acto Académico realizado en el Teatro Nacional Cervantes el 30 de julio de 1974)
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